Un comentario de texto debe hacerse con apoyo de materiales bibliográficos: primarios (el texto o textos que se comenta) y secundarios (estudios sobre ese texto que sirven de apoyo a la argumentación propia). Cuando se tiene acceso a estos materiales, es obligatorio referirse a la bibliografía usada, reconociendo las fuentes de que se toman las ideas de apoyo y las citas; no hacer esto se considera plagio, lo que es inaceptable para el estudio filológico y es, además, un delito. Aquí se hace un comentario con una bibliografía básica, propia de actividades de evaluación continua.
Un comentario de texto puede ser abierto (cada cual puede comentar los aspectos que crea pertinentes) o focalizado en ciertos aspectos a través de una o varias preguntas. Para hacer un comentario de texto, se pude seguir una aproximación por secciones (atendiendo a diferentes aspectos por secciones: contexto, temas, estilo, etc.) o ensayística (entrelazando los aspectos sin distinción en apartados). Aquí se ofrece un comentario abierto (porque no responde a una pregunta concreta), pero se estructura en secciones para organizar el análisis y tratar de la manera más completa los asuntos métricos que atañen a este poema.
Asimismo, un comentario puede poner su foco en distintas facetas de un texto: en su significado, en su relación con otros textos, en su contexto histórico-literario, etc. En este caso vamos a realizar un comentario métrico, centrado en las características métricas de un poema. Aunque la métrica ha sido considerada en múltiples ocasiones como la parte técnica del verso y, por lo tanto, desvinculada de problemas de significación, aquí vamos a ver también su papel en la creación de sentido. Al analizar el verso, no debe obviarse la expresividad de los recursos métricos
Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.
Sobre la pena duermo solo y uno, 5
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos 10
y no me dejan bueno hueso alguno.
No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!
En El rayo que no cesa (1936), de Miguel Hernández
[1. Introducción] *mh1
[Contextualización poeta y época]
Miguel Hernández es uno de los poetas más relevantes de la poesía contemporánea española. Nace en 1910 en Orihuela (Alicante), y por fechas se pertenece a la generación de 1936, la crítica le sitúa muchas veces como un epígono de la generación del 27, como muestra su inclusión en diversas antologías dedicadas a ese grupo poético (Lama, 1997; Soria Olmedo, 2007). Su relación intensa con muchos de los poetas y artistas de este grupo (Aleixandre, Maruja Mallo, etc.), así como la influencia gongorina en sus primeros poemarios le ligan también al 27.
El poema que vamos a comentar pertenece a su libro El rayo que no cesa (1936), segundo poemario del autor y que la crítica sitúa como su libro más conseguido, más unitario. El poemario recoge su famosa “Elegía a Ramón Sijé”, escrita por la muerte de su amigo. Sin embargo, está formado mayoritariamente por sonetos amorosos. Por su forma y por sus resonancias y juegos intertextuales la crítica sostiene que puede ser leído como un cancionero petrarquista (Balcells Doménech, 2004). *mh2
Este libro destaca, además, por su estilo, lo que hace que este comentario sea tan pertinente. Es perceptible una voluntad de estilo sencillo pero trabajado, con abundantes recursos, figuras y juegos con el lenguaje. *mh3
Este comentario estilístico del poema “Umbrío por la pena” se hará siguiendo el método planteado por Domínguez Caparrós en su Análisis métrico y comentario estilístico de textos literarios (Domínguez Caparrós, 2014). Este manual, después de describir las distintas formas desde las que se ha abordado el lenguaje literario en el último siglo, se decanta por un abordaje formal-interpretativo en el que se examinan los recursos utilizados en distintos niveles de la lengua, que divide entre los recursos que juegan con la expresión (palabra y frase) y aquellos que juegan con el contenido (significación o designación). Aquí seguiremos el siguiente orden que modifica, solo ligeramente, el planteamiento de este manual: nivel gráfico, nivel fónico, nivel morfológico, nivel sintáctico, nivel de contenido (semántico y referencial). *mh4
[2. Estilo: comentario sobre el nivel fónico y morfológico] *mh5
La sonoridad de este soneto hernandiano es una de las primeras cosas que llama la atención desde su primera lectura. Términos como umbrío o bruno tan inusuales como llamativos sonoramente por sus vocales oscuras y el sonido combinado y aliterado <br> hacen que este primer verso sea ya una declaración de estilo, y se vincule a la oscuridad y a lo brusco.
El segundo verso también es llamativo desde este punto de vista fónico, con aliteración de algunas oclusivas como la <p> o la <t>, que le dan una brusquedad especial.
La expresividad fónica apoya la expresividad vehemente de este poema. El tercer verso destaca por el sonido ya más débil y melódico, quizás más de queja, de las <ll>, cercano (si no igual según las pronunciaciones) al de la fricativa palatal que representa la y griega “donde yo no me_hallo no se_halla”.
Si hablamos del poema en su conjunto merece la pena destacar, principalmente, la aliteración de los sonidos oclusivos, especialmente el labial <p>, con el que comienza la palabra pena, tan insistentemente repetida en el soneto. Se ve muy claramente en el verso 12 “No podrá con la pena mi persona”, cuya fuerte sonoridad nos insta a detenernos en él. *mh6
En conjunto cabe destacar un tono lúgubre, sombrío, que acompaña al propio sentido del poema. La rima en -uno de los cuartetos, que se retoma en los tercetos junto con la cercana -ona, refuerza esta oscuridad fónica.
[3. Estilo: comentario sobre el nivel sintáctico] *mh7
La voluntad de estilo es también claramente visible en el nivel sintáctico, en el que encontramos varios recursos dignos de comentar.
En primer lugar podemos aludir al verso “pena es mi paz y pena mi batalla”, con una clara estructura bimembre simétrica (Alonso, 1971: 409), de la que podemos destacar el emparejamiento paralelo de paz y batalla, antitéticos y ambos utilizados con sentido metafórico.
Una estructura semejante repite el verso siguiente “perro que ni me deja ni se calla”, en claro paralelismo con el verso antes comentado.
La anáfora de los versos 9 y 10, que repite el comienzo por “cardos y penas”, que se retoma al final del verso 13 insiste sobre dos elementos centrales para el sentido de este poema.
Queda, por último comentar la insistente repetición del pena/s y de sus relacionados apenado o penar, central para todo el poema.
[4. Estilo: comentario sobre el nivel semántico] *mh8
Este poema hernandiano está, además, atravesado por diversas metáforas e imágenes de gran calado simbólico.
Así, en los dos primeros versos el color oscuro tiñe el sentimiento del yo poético, y esto se explica por el “estallido” metafórico que se provoca cuando esta se produce. Así, tanto el verbo tiznar como estallar se encuentran dentro de un plano metafórico en el que se relacionan, ya que ese fuerte sobrevenirse violento de la pena, como en un estallido, cubre no de polvo o metralla sino de color oscuro a quien alcanza. Se podría relacionar esta imagen también con la sinestesia, ya que en ella se asocian sensaciones internas, como es la pena, con los sentidos, en este caso la vista, el color. *mh9
Son abundantísimas las metáforas y muy expresivas. Así encontramos metáforas de verbo, como “dormir sobre la pena” que conjuga los sentidos de vivir ese sentimiento continuamente, y el de pena como si fuera el lecho que le acoge cada noche.
Quizás los tropos más llamativos son los relacionados con animales, el perro y el leopardo. La pena como perro fiel, que no se separa nunca del dueño y la pena que siembra leopardos.
Merece la pena detenerse en este último tropo, que abarca los versos diez y once: “cardos y penas siembran sus leopardos / y no me dejan bueno hueso alguno”. En primer lugar se utiliza el verbo sembrar en un sentido metafórico ya lexicalizado, como esparcir algo, pero aquello que se siembra es también una metáfora, los leopardos. Leopardos se utiliza como metáfora de sufrimiento, ya que el dolor que provocan el sufrimiento de la pena se asemeja al de la mordida de un animal salvaje (“no me dejan bueno hueso alguno”).
Los cardos son también un elemento metafórico marcado por el dolor que provocan sus pinchos.
Estos recursos consiguen dotar de una expresividad y una fuerza máximas al soneto, partiendo de un enfoque claramente sensorial, en el que destacan los colores, los olores, el tacto, lo que se puede ligar al impresionismo y a un neorromanticismo en el que se exaltan los sentimientos por encima de todo. No es importante la descripción de un amor sino la vivencia propia y subjetiva de ese sentimiento. *mh10
[5. Estilo: comentario sobre el nivel referencial (designación)] *mh11
En el nivel designativo podemos hablar, en primer lugar, de esa corona de cardos y penas, en clara referencia a la corona de espinas de Jesucristo, entendida así, como castigo que se lleva resignadamente.
Hay, además, una lítote muy clara en los versos tres y cuatro: “donde yo no me hallo no se halla / hombre más apenado que ninguno” de claro valor estilístico e hiperbólico, señalando que es el hombre más apenado que existe.
Ya habíamos señalado, pero conviene repetir aquí la antítesis paz/batalla, que se relaciona con la idea de la pena como perro fiel y como leopardo al mismo tiempo.
Este soneto muestra, además, claras influencias de las lecturas hernandianas del Siglo de Oro. Un estudio del Balcells (Balcells Doménech, 2004, p. 148) determina que el motivo de la pena es muy típicamente petrarquista, pero que además, con ese matiz agónico y furibundo se recoge principalmente en la obra de Francisco de Quevedo, del que recoge los siguientes versos, con ciertas semejanzas a los del poeta de Orihuela:
Hay en mi corazón furias y penas;
En él es el Amor fuego y Tirano; *mh12
[6. Temática general y conclusiones] *mh13
El soneto es claramente insistente en un mismo campo asociativo en el plano del contenido: la pena, ligada al sufrimiento y al dolor, que se relaciona con colores oscuros, elementos que hacen daño, como los cardos o un animal salvaje como el leopardo. Este sufrimiento se lleva al extremo en el último verso, en el que se habla directamente de la muerte.
El otro campo asociativo es la soledad, que aparece mucho menos claramente pero que es clave porque es el que produce esa pena. Términos como uno se repiten en el verso 5 y en el último, verso clave para entender todo el poema, puesto que recoge la existencia trágica del hombre, cuyo sufrimiento no consigue nada, solo lleva a la muerte.
*mh14 Este soneto sexto de El rayo que no cesa demuestra, claramente, una voluntad de estilo que se apoya en un gran número de recursos que hacen detenernos en su lectura. La intensidad se consigue mediante el léxico utilizado y la densidad significativa del texto, uno de los más conseguidos del autor.
*mh15
Alonso, D. (1971). Poesía española (5a ed.). Gredos.
Balcells Doménech, J. M. (2004). El rayo que no cesa desde la intertextualidad. En F. Ramírez, A. L. Larrabide Achútegui, & J. J. Sánchez Balaguer, Presente y futuro de Miguel Hernández: Actas del II Congreso Internacional Miguel Hernández, Orihuela-Madrid (pp. 139-161). Fundación Cultural Miguel Hernández. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6471092
Domínguez Caparrós, J. (2014). Análisis métrico y comentario estilístico de textos literarios.
Lama, V. de (Ed.). (1997). Poesía de la generación del 27: Antología crítica comentada. EDAF.
Soria Olmedo, A. (Ed.). (2007). Las vanguardias y la generación del 27: [Antología]. Centro para la edición de los clásicos españoles : Visor Libros.