Metacomentario interpretativo. Narrativa de viajes: Teodoro M. Kalaw (Hacia la tierra del zar [fragmento], 1908)

Por: Rocío Ortuño Casanova

Biblioteca LITTERA

, 12/02/2026

Un comentario interpretativo es una manera de explicar significados presentes en diferentes niveles de lectura del texto que combinan conocimiento contextual, acervo cultural general y formas de expresión más o menos veladas de ambos. A pesar de que lo llamemos interpretativo, no puede estar basado en percepciones propias sin fundamentar, ni en opiniones. Sobre este tipo de comentarios hay más información en otras publicaciones de la Biblioteca LITTERA, como el metacomentario del cuento “Huracán” de Ena Lucía Portela y el metacomentario sobre Cien años de soledad. Por tanto, en esta introducción nos centraremos en las particularidades de la literatura de viajes y el discurso colonial, que a menudo aparece como subtexto en los relatos de viajes.

La literatura de viajes es un género híbrido, con ciertas características especiales en las que nos podemos fijar a la hora de hacer un comentario. En este caso, resumo las que propone Luis Albuquerque en un estudio de 2014:

  • Un relato de viaje es una narración de un viaje (y nada más) basada en una experiencia previa asumida como real.
  • Debe ser un relato factual, no inventado, apoyado en datos reales que se basa en cierto pacto referencial entre el autor y el lector y que lo distingue de los relatos ficcionales. Sin embargo, se pueden incluir personajes ficticios o desfigurar perfiles reales para crear una atmósfera literaria.
  • Hay una coincidencia entre autor, narrador y personaje que suele llevar a que estén redactados en primera persona, aunque en ocasiones se puede usar la tercera persona.
  • Prevalece la exposición informativa y el trayecto sobre la vida personal del narrador.
  • Hay un uso de una cronología consistente y un itinerario claro, de manera que se tiende al equilibrio entre el tiempo del relato y el tiempo de la historia.
  • Predominan los elementos descriptivos sobre los narrativos. Este carácter descriptivo viene vinculado al objetivo de conocer al otro y reflejar la experiencia del viaje como un proceso humanizador.
  • Suelen incluirse marcas paratextuales (título, prólogo, epílogo, encabezamientos, incipit).
  • Puede adoptar formas diversas como cartas, crónicas o columnas periodísticas o incorporar digresiones y elementos de otros géneros como ensayos o cuentos.
  • Se da una relación entre la narración y las expectativas socioculturales de la sociedad.

A partir de esta caracterización, podemos pensar en identificar, por ejemplo, si el relato ante el que nos encontramos coincide plenamente con todas las características o diverge de las mismas. Por otra parte, al ser un relato autobiográfico, suele ser interesante analizar el punto de vista del narrador o la situación desde la que habla. Por ejemplo, no será igual que una persona de Inglaterra visite Francia, que es un país vecino con el que se suele relacionar sin implicaciones jerárquicas, a que esa misma persona inglesa viaje por India en el siglo XIX, donde probablemente su visión de las tierras visitadas esté influida, por un lado, por los libros de viaje y las novelas que haya leído con anterioridad, y, por otra parte, por el hecho de ser procedente de un país con ascendencia colonial sobre India, lo que puede reflejarse en comentarios orientalistas y exotizantes, así como racistas, fruto de la jerarquía que se crea a partir del hecho colonial. Tampoco va a ser lo mismo si el viajante es un noble, es rico o es pobre. El punto de vista desde el que se relaciona con la sociedad y las personas del país visitado cambiará.

Teniendo también en cuenta el objetivo de exposición informativa, hay que plantearse quién es el receptor o receptora de la obra y por qué se escribe. Puede haber un fin literario, pero también podría haber un fin político, lo cual, en realidad, sucede a menudo. Como explica Mary Louise Pratt en su obra Imperial Eyes, en el caso de los viajeros procedentes de países europeos (ella se centra en Francia e Inglaterra) que van a África o Asia con el objetivo de colonizar estos territorios, suelen utilizar una serie de tropos con diferentes funciones:

  1. expresar narrativamente el derecho de posesión de esas tierras
  2. justificar las violaciones flagrantes que se dan en el proceso de colonización contra los valores ilustrados de libertad, fraternidad e igualdad con respecto a las personas colonizadas (Pratt habla sobre todo de escritores del s. XIX)
  3. convencer de cuánto merece la pena colonizar las tierras halladas o visitadas por parte de su país.

En el caso de otros viajeros, como los filipinos, el objetivo de su narración suele ser proponer ideas procedentes de otras tierras para incorporar tecnologías o costumbres a su nación o al proyecto de nación que están desarrollando. En muchas ocasiones, de hecho, se compara constantemente el lugar visitado con el lugar de origen. Esta comparación aleja al narrador de la objetividad de representación y ofrece más bien una imagen aproximada de la visión que dicho escritor/a tiene de su propio país.

Por tanto, en un texto narrativo de viajes nos podemos fijar en los tropos utilizados con todos estos fines, como los símiles que aparezcan. Sin embargo, conviene también —y principalmente— explicar la finalidad del texto y extraer la visión particular del autor/a, fijándonos en qué está intentando transmitir y por qué.

En este comentario se mencionarán algunas ideas procedentes de obras clave de la crítica poscolonial, como son:

  • Orientalism de Edward Said (1978), del que se utilizará el propio concepto de orientalismo y se manejará el de exotismo
  • Imperial Eyes de Mary Louise Pratt (1992), del que extraeremos el tropo central de “Monarch of all I survey”
  • The Spectre of Comparisons de Benedict Anderson (1998), del que se explicará el tropo del “demonio de las comparaciones” que lleva a describir el propio lugar de origen en comparación con otros lugares
  • “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina” de Aníbal Quijano (1993), artículo del cual partiremos para comentar cómo el autor, a pesar de ser sujeto colonizado, ha adquirido un sistema de valores y unas jerarquías cognitivas propias de los colonizadores y relacionadas con el eurocentrismo
  • El lugar de la cultura de Homi Bhabha (1994), del que extraeremos las ideas de otredad y ambivalencia
  • manejaremos el término “cosmopatriotismo” de Jeroen de Kloet y Edwin Jörriens (Cosmopatriots 2007)
  • también se tomará información del prólogo a la edición de Hacia la tierra del zar que hace Jorge Mojarro en su edición de 2014.

Ahora bien, el comentario en circunstancias de examen se presupone que se hace sin acceso bibliografía, con lo que en este se imitará lo esperable para esa situación: no hay citas literales y los textos críticos se mencionan a grandes rasgos para explicar los fenómenos y tropos que aparecen en el relato de Kalaw. Los conceptos manejados aquí deberían ser conocidos antes de empezar a realizar el comentario, con lo que se presupone cierta formación en crítica poscolonial.

Texto

(i) Contextualice el siguiente texto en el marco de la literatura modernista latinoamericana. (ii) Involucre, si es relevante para la comprensión profunda del texto, análisis crítico desde una óptica poscolonial.

“Los indios de Colombo” (fragmento. Teodoro M. Kalaw, Hacia la tierra del zar, 1908)

Al pisar tierra, la impresión de las avenidas limpias, de los palacios modernos, de las amenas arboledas, que se levantan con piadosa mansedumbre, es deliciosa. Ya estáis en el Bristol Hotel. Cogéis un coche para ver la ciudad exótica: el museo, el jardín Cinamón, el templo de Kotahena, el monte Lavinia… Mientras tanto, a medida que recorréis las calles, una sensación especial os invade. Es la antigua, la nunca olvidada, la sensación de la propia Patria. En realidad, ¿hemos salido de Filipinas? En realidad, ¿estamos fuera? Porque los árboles son los mismos: el paisaje es el mismo. Los cocos que abundan, las palmeras inmensas que ocupan terrenos también inmensos, las mangas, las cañas, el karabaw que descansa en la sombra, las vacas que tiran de carretones despaciosos, los plátanos que adornan los alrededores de las casas, todo, todo es filipino. Lo único que es extraño son las calles rojas, muy rojas: rojas de sangre, rojas de amapola, rojas de betel, como los labios sangrientos de sus mujeres. Lo único que es extraño, además, son los taparrabos, las piedras falsas que penden de cuellos obscuros, los trajes multicolores las miradas melancólicas, la miseria de los niños desnudos, la ignorancia general de la gente.

¡Oh, y las mujeres!

¡Oh, y también los hombres!

Porque—¡claro está! —la población sigue siendo la misma, sin gritos de rebeldía, sin una idea grande y sublime, supeditada a los liberalismos zalameros y engañadores del dominador británico. Por eso hay muchos, muchísimos, que viendo cómo triunfa la prosperidad extranjera en su propio país, no quieren separarse de la tutela inglesa a quien atribuyen todos los esplendores de la vida, pero no todas las miserias morales de la dominación…

Después de todo, tiene razón el indio que habla en el libro de Carrillo:

«—Los verdaderos enemigos de la política colonial, debemos odiar más la liberalidad inglesa actual que la antigua ferocidad española. Vea V. los resultados. España ha perdido su imperio, mientras Inglaterra, después de la independencia americana, lo ensancha… Los pueblos, como los hombres, no sienten la esclavitud sino cuando les pesa. Un yugo de flores, todos lo aceptan…»

Y es una gran verdad.

«En esta India grandiosa, lo único en que se manifiesta el poder del europeo, es el negocio.»

Y también es verdad.

Pero el negocio es hoy la última palabra de la conquista.

Y ¡ay! de los conquistados.

He visto el gran Parakamabahú, el Rey de los Reyes, el Rey-Héroe de la antigua India. Le he visto en el museo de Colombo con su mirada tremenda y lírica, con su gesto de soberbia y de redención, con su rostro de severidad olímpica. Le he visto presidiendo el coro de divinidades y de objetos que se adoraban en tiempos antiguos, como si su presencia evocase, para los forasteros que vienen de lejanos países, las grandezas abolidas de su Imperio.

Y después de Parakamabahú, después de las serpientes venenosas conservadas en garrafones lacrados, después de los peces tremendos y de los elefantes colosales, he visto también los cuatro Budhas del templo indígena, cada uno en una diferente actitud. Parece que representan, por sus gestos beatíficos, las diferentes formas del nirvana. Un Budha sentado, un Budha tendido, un Budha en pie y otro Budha suavemente reclinado como descansando de la fatiga tormentosa de la vida. Y mientras observáis minuciosamente los adornos exóticos, las figuras funambulescas del templo, los cobrizos cingaleses nos explican en inglés los arcanos misteriosos que encierran los jeroglíficos de las divinidades.

¡Oh, los indios serios, los indios melancólicos, en cuyos ojos, abismos de la Naturaleza, hay enigmas sempiternos, ensoñaciones profundas, terribles cataclismos de negrura!…

En las largas carreteras pobladas de arboledas suntuosas, a lo largo de las casas, desechos de ladrillo, apiñados, ululantes, laboriosos, los indios ofrecen el espectáculo interesante de una vida pacífica y original. Procuran, sobre todo los niños, todos los medios posibles para halagar al extranjero y pedirle céntimos y céntimos. Aquí os dan una flor, allá un insecto, más allá una rama de árbol, un bastoncito, una vulgaridad, a cambio de una monedita de cobre, y os siguen cantando sus canciones lamentables a lo largo de la piedra arcillosa de los caminos.

Ya he dicho que algo de esto he visto yo con anterioridad. ¿No es este camino que va al templo de Budha, el mismo camino de Antipolo, en una de esas romerías de Mayo? ¿No son estos niños de pobre apariencia que os piden cantando una pequeña limosna, los mismos niños nuestros, pedigüeños, haraposos y mendigos en el camino de Taytay? Y los árboles. Y las plantaciones. Y las tiendas. Y la tierra roja de las carreteras. Es Antipolo, sin duda. Un Antipolo índico, más cobrizo, más autóctono, más primitivo… Pero no es todo Antipolo. Porque en vez de estos cuatro Budhas, debe estar, en el santuario milagroso, la imagen de Nuestra Señora de la Paz. En vez de este patio estrecho, solitario y triste, por el cual se llega al templo, debe ser un patio más ancho, más animado, más suntuoso. Y luego aquí no hay velas, ni romeros, ni jesuitas, ni legión de pobres, ni legión de muchachas, ni legión de caballeros.

Fuente: Kalaw, Teodoro M. 1908. Hacia la tierra del Zar. Manila: Librería filatélica. pp. 236-239. Disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: https://www.cervantesvirtual.com/obra/hacia-la-tierra-del-zar/

Comentario de texto

Teodoro M. Kalaw (1884-1940) fue un escritor batangueño cuya obra se desarrolló en el contexto de la colonización estadounidense de Filipinas. Kalaw fue una figura clave en la intelectualidad de su tiempo y también estuvo involucrado en el campo político, siendo un defensor del nacionalismo y la independencia de su país. *tk1 Su obra Hacia la Tierra del Zar fue publicada en 1908 y narra el viaje que emprendió junto a Manuel L. Quezon, futuro presidente de Filipinas, a San Petersburgo (Rusia), con motivo de un congreso. *tk2 Sin embargo, los viajeros no llegaron a tiempo para el encuentro proyectado y, ante la escasez de fondos, regresaron apresuradamente separando sus caminos. Kalaw pasa por París y Berlín antes de tomar en Francia el barco de vuelta a Manila. Es en este camino de retorno cuando hace escala en Colombo, la capital de lo que entonces se llamaba Ceilán y hoy es Sri Lanka, ciudad sobre la que reflexiona en este fragmento.

El viaje de Kalaw se enmarca en una tradición de viajeros de principios del siglo XX que ostentaban su privilegio y su estatus a través del conocimiento de diversos lugares. Dicha tradición está estrechamente ligada al modernismo cosmopolita latinoamericano en cuyos textos proliferan menciones a París y a culturas grecolatinas. En el caso del texto que abordamos, Kalaw se presenta como persona cosmopolita ante una realidad similar a su propio lugar de origen *tk3. El cosmopolitismo se puede definir como la conexión occidental con el resto del mundo, lo que implica una visión exotizante y jerárquica que asume los valores occidentales como superiores a los de otras regiones representadas. Esto lo vamos a ver en el texto de Kalaw, como se explicará a continuación. Sin embargo, también sabemos que Kalaw fue un nacionalista y que abogó por la independencia de su patria. El equilibrio entre ambas tendencias, la ambivalencia del sujeto colonial que ha asumido valores eurocéntricos pero sigue y apoya el desarrollo de su propia patria consciente de la opresión impuesta por el colonialismo, encuentra su equilibrio en las palabras del fundador de la República China Sun Yat-sen *tk4, quien argumentaba que el nacionalismo es, en realidad, la base necesaria del cosmopolitismo en esas primeras décadas del siglo XX, ya que si se quiere ensanchar los límites de la patria como propone el cosmopolitismo, primero hay que tener bien asentadas esas bases patrióticas y ese sentimiento de pertenencia a un lugar al que, como se verá en el desarrollo de este comentario, se comparará con esos otros lugares visitados. De esta manera, veremos cómo el cosmopolitismo se alimenta de una sensación de pertenencia en continua tensión entre lo local y lo global, lo que define la crítica con el término cosmopatriotismo y que se refleja muy bien en el texto que nos ocupa. *tk5

En 1908, Colombo era la capital y principal puerto de Ceilán (hoy Sri Lanka), una colonia británica estratégicamente ubicada en las rutas comerciales del océano Índico. La ciudad experimentaba un proceso de modernización impulsado por la administración colonial, con la construcción de infraestructuras como el puerto, avenidas arboladas y edificios de influencia europea, reflejo del dominio británico. Al mismo tiempo, la sociedad local se mantenía marcada por una rígida jerarquía racial y económica, en la que la élite cingalesa educada en inglés coexistía con una mayoría de población sometida a la explotación colonial. *tk6

Los relatos de las diferentes etapas del viaje no conforman un diario, sino que se agrupan según los lugares visitados tanto a la ida como a la vuelta. Fueron publicándose en el periódico El Renacimiento de Manila, con el cual solía colaborar y cuyo director del momento, Fernando M. Guerrero, es el prologuista del volumen. Esta práctica era frecuente durante las primeras décadas del siglo XX en Filipinas, cuando, a partir de la invasión estadounidense, se relaja la censura y prolifera la prensa periódica dirigida por filipinos y filipinas. Esta eclosión de la prensa va unida a una eclosión literaria en lengua española que reacciona frente a la imposición estadounidense de la lengua inglesa.

Los literatos y literatas filipinas que surgen en esta época son en su mayoría admiradores del modernismo latinoamericano por razones políticas –admiran por un lado el hecho de proceder de naciones emancipadas de España, y por otro que los autores vinculados a este movimiento ensalcen a partir de 1898 la herencia común panhispánica de la lengua, la religión y el rechazo a la cultura anglosajona–, como por razones estilísticas. En el texto que nos ocupa, esto se evidencia, por ejemplo, en la descripción de las figuras de Buda, que recuerda la fascinación modernista por lo exótico y lo simbólico. *tk7 Afirma Kalaw: “He visto el gran Parakamabahú, el Rey de los Reyes, el Rey-Héroe de la antigua India. Le he visto en el museo de Colombo con su mirada tremenda y lírica, con su gesto de soberbia y de redención”. La sonora dupla de adjetivos, “tremenda y lírica”, inserta en una frase paralelística que repite la construcción “con su …” seguida de adjetivos coordinados por la conjunción copulativa “y” y luego “con su…” seguida de sustantivos coordinados por la conjunción copulativa “y”, evocan la musicalidad de autores como Rubén Darío, que también combinaba el orientalismo con un afán cosmopolita, como veremos que hace Kalaw. La frase, además, acaba con una última cláusula paralelística (otra vez “con su…”), y acaba con una mención a la Grecia clásica al hablar del “rostro de severidad olímpica”, algo propio del modernismo rubendariano que también suele poner a la misma altura mitología autóctona latinoamericana y mitología clásica, como ocurre en su soneto “A Caupolicán”. En Kalaw estos recursos se encuentran al servicio de una reflexión política, para la cua, se apoya a través de la intertextualidad, en el libro del escritor guatemalteco modernista Enrique Gómez Carrillo, a quien cita literalmente. *tk8 El objetivo de la cita y de la descripción de los Budas y del museo de Colombo es el mismo: criticar la invasión anglosajona que, ni en Colombo ni en Filipinas respeta la belleza y la espiritualidad de la cultura local, en el caso de Colombo la budista, y en el caso filipino, según Kalaw y otros autores hispanohablantes coetáneos, la hispánica.

En este sentido, como narrador, Kalaw se presenta en un espacio ambiguo: una persona de Filipinas, un territorio en el que se suceden las colonizaciones y que en el momento en el que habla está invadido por Estados Unidos, que viaja a otro territorio colonial, Sri Lanka, bajo la tutela del imperio británico. Esta doble perspectiva le permite identificar paralelismos entre la opresión colonial que vive en Filipinas y las estructuras coloniales de Ceilán (Sri Lanka), como veíamos en la cita que utiliza de Gómez Carrillo. Sin embargo, como hijo del colonialismo occidental y miembro de una élite, Kalaw refleja la llamada colonialidad del poder con la que los sujetos colonizados adoptan las jerarquías cognitivas y sociales eurocéntricas de manera inconsciente, de manera que se posiciona en un lugar de superioridad que se refleja en sus descripciones. Por un lado, reconoce la familiaridad de las tierras y el paisaje. Sin embargo, por otro, se distancia de las poblaciones locales, especialmente de los cingaleses, a los que describe como clave de la diferencia con Filipinas, es decir, como otros en el sentido de Homi Bhabha, cuando Kalaw dice de ellos que “Lo único que es extraño, además, son los taparrabos, las piedras falsas que penden de cuellos obscuros, los trajes multicolores las miradas melancólicas, la miseria de los niños desnudos, la ignorancia general de la gente”. Aunque empatiza con el pueblo cingalés, Kalaw destaca, como hicieran los viajeros españoles en sus viajes a Filipinas, la “diferencia” de los cingaleses por su falta de civilización al llevar “taparrabos” y considerarlos miserables e ignorantes. Al final del texto, vuelve a resaltar la diferencia entre Colombo y Filipinas, y en concreto con Antipolo, para reforzar la idea de una identidad compartida entre los pueblos colonizados, pero subrayando también el carácter católico —y por tanto “occidental”— de Filipinas. En esta lógica eurocéntrica que impone la colonialidad del poder, Filipinas se erige como jerárquicamente superior a las religiones asiáticas. *tk9 Lo vemos cuando afirma: “Pero no es todo Antipolo. Porque en vez de estos cuatro Budhas *tk10, debe estar, en el santuario milagroso, la imagen de Nuestra Señora de la Paz”. Además, esta observación revela una tensión entre la filiación hispánica de Filipinas y su pertenencia al mundo asiático, que se resuelve, efectivamente, en el reconocimiento de una comunidad de experiencia colonial.

De hecho, si nos centramos en los aspectos que el narrador encuentra semejantes a los de su patria, veremos que, aparte de la ya mencionada imposición política, se refiere principalmente a la fauna y la flora. Sucede, por ejemplo, cuando dice ver en Ceilán un “reflejo distorsionado” de Filipinas, porque “los árboles son los mismos: el paisaje es el mismo. Los cocos que abundan, las palmeras inmensas que ocupan terrenos también inmensos, las mangas, las cañas, el karabaw que descansa en la sombra, las vacas que tiran de carretones despaciosos…”. Esta apreciación refuerza la idea de un mundo tropical compartido por los pueblos colonizados. Pensando en la noción del demonio de las comparaciones que Benedict Anderson describe en sus obras, aquí se da algo similar de forma inversa. *tk11

Según Anderson, el fenómeno del “demonio de las comparaciones” hace referencia al proceso psicológico y cultural en el que una persona, al observar su entorno local, inevitablemente lo compara con otros contextos o realidades que ha conocido o imaginado. De este modo, Anderson da a entender que la conciencia nacional o cultural se forma a menudo a través de un proceso de comparación, lo que puede generar alienación. Este demonio señala las tensiones entre lo local y lo global, y cómo las identidades nacionales y culturales se construyen, en parte, mediante estas constantes comparaciones con otros lugares o sistemas. La comparación, en el caso de Kalaw, y de muchos viajeros se da, pero justamente al revés de como propone Anderson: es el lugar visitado el que se construye a través de expectativas procedentes de otros lugares visitados, del propio lugar de origen y de lecturas. Las lecturas, en este caso, son muy evidentes, ya que incluso cita literalmente, como decíamos, a Enrique Gómez Carrillo, pero no solo: las lecturas modernistas de Kalaw traen consigo un discurso orientalista que van a crear una imagen del Este (en este caso, el sur y sureste asiático) como un lugar exótico, primitivo, irracional y misterioso, frente a la racionalidad y la civilización del Occidente. *tk12 Precisamente, en su descripción de Colombo, Kalaw cae en esta trampa al exotizar tanto el paisaje como a las personas cingalesas y hablar de los cingaleses en términos de “abismos de la Naturaleza”, recurriendo a estereotipos que imponen una visión distorsionada de su identidad como misteriosa y primitiva, poco civilizada. Lo mismo ocurre cuando menciona que los cingaleses “nos explican en inglés los arcanos misteriosos que encierran los jeroglíficos de las divinidades”. Aquí, no solo hace una referencia a la colonización lingüística de los pueblos asiáticos bajo el imperio británico, sino que presenta su cultura y su conocimiento como obscuros y misteriosos, y por tanto alejados de la racionalidad y la ilustración que caracterizan, según el discurso orientalista, a la persona occidental, con la que Kalaw se identifica. *tk13

La perspectiva eurocéntrica de Kalaw y su posicionamiento respecto a los colonizadores se evidencian también en el uso del tropo del Monarch of all I survey, que implica una mirada dominante sobre el territorio visitado y sus habitantes. *tk14 En el texto, esta actitud se manifiesta en la descripción de Colombo desde una posición de superioridad y extrañamiento. Por ejemplo, cuando observa la ciudad, la enmarca dentro de una visión estética y exótica que se empeña en juzgar: “En las largas carreteras pobladas de arboledas suntuosas, a lo largo de las casas, desechos de ladrillo, apiñados, ululantes, laboriosos”. Este uso del lenguaje fuertemente adjetivado, ornamental y visual refuerza la idea de un viajero que se sitúa como espectador de un paisaje que es aprehendido en términos de su utilidad y belleza y descrito profusamente como si se tratara de un cuadro.

En conclusión, y como se afirmaba al principio, la tensión entre la identificación con valores de modernidad, civilización e ilustración propios del eurocentrismo y del llamado Occidente colisiona con la conciencia de la imposición colonial compartida entre Filipinas y Ceilán que el autor reconoce como territorios similares, así como reconoce la necesidad de deshacerse de la imposición cultural colonial de los países anglosajones. *tk15 La particularidad es que Kalaw, como sucede con otros filipinos, asume como propios en la construcción de una idea patriótica los valores impuestos previamente por la colonización española en cuestión de habla, religión y hermanamiento con las repúblicas latinoamericanas, lo que se evidencia en este fragmento por los rasgos modernistas, la reivindicación del catolicismo y la intertextualidad con Enrique Gómez Carrillo.

Bibliografía citada

Anderson, B. (1998). The spectre of comparisons: Nationalism, Southeast Asia and the world. Verso Books.

Bhabha, H. K. (1994). The location of culture. Routledge. Enlace.

de Kloet, J., & Jurriëns, E. (Eds.). (2007). Cosmopatriots: On distant belongings and close encounters (Thamyris/Intersecting: Place, Sex and Race, Vol. 16). Rodopi / Brill.

Kalaw, T. M. (1908/2014). Hacia la tierra del zar (J. Mojarro, Ed.). Editorial Renacimiento.

Pratt, M. L. (1992). Imperial eyes: Travel writing and transculturation. Routledge.

Quijano, A. (1993). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En E. Lander (Comp.), La colonialidad del saber: Eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas (pp. 193–238). CLACSO.

Said, E. W. (1978). Orientalism. Pantheon Books.

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