Un comentario puede enfocarse de distintas maneras; aquí, se adopta una perspectiva interpretativa. En un comentario de este tipo, no se analizan los aspectos por sí mismos, sino para entender mejor lo que el texto quiere decir: no se habla del contexto histórico sin más, ni se hace una mera relación de figuras literarias, sino que se deben destacar los aspectos históricos directamente relacionados con el texto, que sirven para explicarlo, y se analiza cómo ciertas figuras literarias contribuyen a enfatizar las ideas expresadas en el texto.
Un comentario puede ser abierto (cada cual comenta los aspectos que crea pertinentes) o focalizado en algunos aspectos a partir de una o varias preguntas. Para hacer un comentario de texto, se pude seguir una aproximación por apartados (contexto, temas, estilo, etc.) o ensayística (entrelazando los diferentes aspectos sin distinción en apartados). Aquí, el comentario responde a una pregunta en concreto y se divide en apartados.
Un comentario debe hacerse con apoyo de materiales bibliográficos: primarios (una edición rigurosa del texto que se comenta) y secundarios (estudios sobre ese texto que sirven de apoyo al análisis). Cuando se tiene acceso a la bibliografía, es obligatorio referirse a ella, incluyendo los datos bibliográficos (autor, título, editorial, fecha de publicación, páginas, etc.), y es necesario incluir citas textuales, entre comillas y con la página exacta de donde esté tomada cada cita. No hacer esto se considera plagio, lo que es inaceptable para el estudio filológico y es, además, un delito. Sin embargo, hay situaciones en las que no se tiene acceso a la bibliografía, como en un examen. En estos casos, como no es posible saberse de memoria los datos bibliográficos y un listado de citas literales tomadas de la bibliografía secundaria, no es preciso poner estos datos ni citas entrecomilladas, pero sí es importante incluir grosso modo referencias a los materiales consultados. Aquí, se ofrece este tipo de comentario, sin bibliografía explícita.
En el siguiente fragmento, comente los recursos estilísticos más relevantes y la relación del texto con el género ensayo, en el contexto histórico-cultural de su época.
Señores: la primera vez que tuve el honor de hablaros desde este lugar, en aquel día memorable y glorioso en que con el júbilo más puro y las más halagüeñas esperanzas os abrimos las puertas de este nuevo Instituto y os admitimos en su enseñanza, bien sabéis que fue mi primer cuidado realzar a vuestros ojos la importancia y utilidad de las ciencias que veníais buscando. Y si algún valor residía en mis palabras, si alguna fuerza les podía inspirar el celo ardiente de vuestro bien que las animaba, tampoco habréis olvidado la tierna solicitud con que las empleé en persuadiros tan provechosa verdad y en exhortaros a abrazarla. Y ¿qué?, después de corridos tres años, cuando habéis cerrado ya tan gloriosamente el círculo de vuestros estudios, y cuando vamos a presentar al público los primeros frutos de vuestra aplicación y nuestra conducta, ¿estaremos todavía en la triste necesidad de persuadir e inculcar una verdad tan conocida?
[…] Sí, señores, a pesar de los progresos debidos a nuestra constancia y la vuestra, y en medio de la justicia con que la honran aquellas almas buenas que, penetradas de la importancia de la educación pública, suspiran por sus mejoras, sé que andan todavía en derredor de vosotros ciertos espíritus malignos, que censuran y persiguen vuestros esfuerzos; enemigos de toda buena instrucción como del público bien […] desacreditan los objetos de vuestra enseñanza y, aparentando falsa amistad y compasión hacia vosotros, quieren poner en duda sus ventajas y vuestro provecho particular. Tal es la lucha de la luz contra las tinieblas, que presentí y os predije en aquel solemne día, y tal será siempre la suerte de los establecimientos públicos que, haciendo la guerra a la ignorancia, tratan de promover la verdadera instrucción.
Gaspar Melchor de Jovellanos, Oración sobre la necesidad de unir el estudio de la literatura al de las ciencias (1797)
1. Contexto histórico-cultural *mj1
El texto que se va a comentar es un discurso de Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón 1744 – Vega, Asturias, 1811), uno de los grandes políticos españoles del siglo XVIII, pronunciado en el Instituto Asturiano de Náutica. El propio Jovellanos así lo dice, mostrando, de paso, que se está dirigiendo a la primera promoción que se graduó allí, después de la fundación de este centro de enseñanza. En efecto, con un vocativo, con el que abre el discurso, Jovellanos les habla a unos “Señores”, que no son sino los primeros estudiantes que fueron en su momento “admitidos en [la] enseñanza” de “este nuevo Instituto”. En concreto, se puede deducir que dicho instituto se fundó en 1794, dado que este discurso es de 1797 y Jovellanos se refiere en él a otro discurso del “día memorable” en que se abrieron “las puertas”, “corridos tres años”, es decir, tres años antes. *mj2
El tema del texto da buena cuenta del espíritu ilustrado que caracterizó a Jovellanos y a los escritores de su tiempo. *mj3 Jovellanos hace una alabanza de “la utilidad de las ciencias”. No es solo que se trate de un Instituto de Náutica, sino que la exaltación de la ciencia responde a una época de confianza en el progreso, a partir de la razón y el empirismo, con el referente de filósofos como Hume y Locke, entre tantos. Curiosamente, el fragmento es el comienzo de un texto en el que, como reza el título, se habla de la necesidad de unir la literatura a las ciencias. Y es que, por el fervor científico de la época, se buscaba también entender las manifestaciones artísticas de manera científica, de ahí la creación de las Reales Academias, entre ellas la Real Academia de la Lengua.
Así como la ciencia, Jovellanos ensalza, de manera incluso más evidente, la educación, toda vez que se trata de un discurso de motivación a estudiantes de un instituto. Esto responde a las aspiraciones ilustradas de lograr el progreso mediante la mejor formación de los ciudadanos del país. Por supuesto, estamos todavía políticamente en la época del Antiguo Régimen, y, por tanto, de dominio de los estamentos privilegiados, nobleza y clero, con el poder absoluto del rey. Sin embargo, la Ilustración, convencida de las bondades de la educación, trató de extenderla al máximo, aunque fuera dentro del esquema del absolutismo, en una fórmula que se conoce como despotismo ilustrado: todo para el pueblo pero sin el pueblo. Así lo expresa Jovellanos, cuando habla de los “progresos” y “ventajas” de una “educación pública”, pero enfatizando el papel para ello de los gobernantes. De hecho, este es el caso del Instituto de Náutica, que el propio Jovellanos creó, siendo él miembro del gobierno del rey (por eso habla de “nuestra constancia”).
Ahora bien, Jovellanos hace ver que estas aspiraciones ilustradas eran criticadas por algunos, a los que llama “espíritus malignos” que “quieren poner en duda” las “ventajas” de la educación. Para entender esto, es preciso tener en cuenta que la Ilustración no fue una época uniforme, tanto desde un punto de vista cronológico, como del pensamiento. En Francia, la Ilustración comienza ya en el siglo XVII, con las ideas de Descartes y el teatro de Racine, de modo que, fruto de esas ideas, en 1789 estalla la Revolución Francesa, que da al traste con el sistema del Antiguo Régimen. En España, la Ilustración echa raíces mucho más tarde, y de hecho Jovellanos está pronunciando este discurso, tan claramente ilustrado (por sus ideas de ciencia, progreso y educación), casi diez años después de la Revolución Francesa. Esto, además de mostrar la discrepancia cronológica de la Ilustración en los distintos países de Europa, explica el conflicto de ideas que expresa el texto, propio de la diversidad de pensamiento de la época. En España, los ilustrados fueron afrancesados, porque fue Francia, como pionera de la Ilustración, el referente más importante para lograr el progreso ansiado. El término afrancesado fue en gran medida acuñado de manera peyorativa por quienes consideraban que las ideas ilustradas eran una nociva influencia extranjera, que atentaba contra los principios del Antiguo Régimen y de la tradición contrarreformista de la que España debía ser ejemplo por su historia desde los Reyes Católicos. Para este sector, los ideales ilustrados de ciencia, progreso y razón eran poco menos que blasfemias, que ponían en cuestión la fe y la monarquía. Por eso, este sector social criticaba iniciativas educativas y de progreso como las de Jovellanos. Y por eso, al advertir a sus oyentes, que son estudiantes, contra quienes “persiguen vuestros esfuerzos” de estudio de la ciencia, Jovellanos lo que pone de manifiesto es el conflicto entre quienes, como él, buscan el progreso, movidos por una postura ilustrada, frente a quienes pueden ser denominados como reaccionarios, según la etiqueta que se consolida a partir del siglo XIX.
2. Análisis formal: recursos y ensayo *mj4
El conflicto que plantea Jovellanos permite destacar algunas figuras retóricas interesantes. *mj5 Nótese que, según Jovellanos, frente a “los enemigos de toda buena instrucción” (reaccionarios), los ilustrados se presentan como “almas buenas”. Este apelativo es metonímico por dos razones. Por un lado, por la conocida adopción de la parte (alma) por el todo (el ser humano). Por otro, y más importante, porque se establece una relación de contigüidad con la religión, al ser alma uno de los conceptos manejados con frecuencia en teología. Es decir, por extensión, se aplica el concepto de alma buena, propio del discurso religioso, a la actitud de los ilustrados. Pero ello, con una peculiaridad. Eran los reaccionarios quienes se veían a sí mismos como defensores de la religión frente a las blasfemias de los ilustrados; sin embargo, con su estrategia, Jovellanos pone a los ilustrados del lado de la religión. De este modo tan habilidoso, que invierte el punto de vista del bando que él ataca, Jovellanos está probablemente aplicando estrategias de oratoria y retórica, tan alabadas por la Ilustración, siguiendo a maestros como Quintiliano o Cicerón. *mj6 Además, le da con ello al discurso un tono por así decir bíblico, que se refuerza más adelante, cuando presenta este conflicto como una especie de lucha celestial: “la lucha de la luz contra las tinieblas”. Los términos luz y tinieblas son propios de las Sagradas Escrituras. A la vez, estos términos se usan como los típicos símbolos de la Ilustración. Y es que a la Ilustración se la conoce como el Siglo de las Luces, por el interés que tiene en la aplicación de las diferentes formas de pensamiento (científico, filosófico, etc.) para alcanzar la verdad. O sea, luz y luces simbolizan la verdad, el progreso y la ciencia, mientras que las tinieblas representan, a ojos ilustrados, la ignorancia propia de una forma de pensamiento basado en la superstición. Así, Jovellanos refuerza la estrategia de apropiarse de la religión para la causa ilustrada. *mj7
El lenguaje utilizado, por su parte, contribuye a esta idea del triunfo de la luz. No es que Jovellanos se valga exactamente del campo semántico de la luz, pero sí usa con abundancia léxico que expresa ideas positivas, relacionadas con el triunfo del progreso, de la ciencia y del esfuerzo para lograrlo (lo cual es relevante en el marco de la lucha planteada): memorable, glorioso, júbilo, puro, halagüeñas esperanzas, cuidado, realzar, ciencia, valor, fuerza, ardiente, gloriosamente… *mj8
Por su relación con la luz, este lenguaje puede entenderse dentro de la aspiración de claridad que es propia de la estética neoclásica, según, por ejemplo, prescribe Luzán en su Poética. La claridad, como se ha dicho, está en las connotaciones de luz que contienen las palabras señaladas de progreso, así como la abundancia de ellas, pero también se percibe en otros aspectos. El hecho de presentar el conflicto de ciencia contra superstición como una lucha bélica/bíblica puede entenderse como un símil, buscando presentar la idea gráficamente, con una intención, por eso, didáctica (hay que recordar que el didactismo es uno de los principios que rigen la Ilustración, como muestran las fábulas morales de Iriarte y Samaniego). Además, Jovellanos lo hace con diferentes recursos de repetición, que facilitan que la idea cale en los oyentes. *mj9 Aparte de la ya mencionada repetición de vocabulario en torno a las ideas de luz, esfuerzo, etc., Jovellanos se vale de estructuras paralelísticas bimembres en la sintaxis, como:
en aquel día memorable y glorioso en que con el júbilo más puro y las más halagüeñas esperanzas os abrimos las puertas de este nuevo Instituto y os admitimos en su enseñanza *mj10
Como se ve, dentro de la misma frase, hay tres estructuras bimembres, a partir de la conjunción y: (i) “memorable y glorioso” (ii) “el júbilo más puro y las más halagüeñas esperanzas” y (iii) “os abrimos las puertas de este nuevo Instituto y os admitimos en su enseñanza”. Dentro de cada bimembración, hay una estructura sintáctica paralelística: (i) adjetivo + adjetivo, (ii) superlativo + superlativo y (iii) os, verbo, complemento + os, verbo, complemento. Además, el conjunto de la frase tiene gradación ascendente: de la bimembración más simple (una palabra + una palabra) a la más completa (una oración + una oración). *mj11
Estructuras como esta, además de favorecer que el mensaje, por repetición, se entienda mejor, le dan un tono, por así decir, de arenga, al texto, porque se va consiguiendo exaltar progresivamente los ánimos de los oyentes conforme el hilo discursivo va añadiendo argumentos cada vez más largos. Si no arenga, que es un género eminentemente militar, lo cierto es que este texto tiene un formato de interpelación oral a un público. Se trata, en particular, de una oración, que es uno de los términos empleados en la Ilustración para un discurso oral. Por eso, hay apelaciones directas a un público receptor colectivo, con vocativos, como el “Señores” con el que comienza el texto, o mediante el uso de la segunda persona plural del verbo (“habéis cerrado”). *mj12
Entre los rasgos propios de la oratoria, están las preguntas retóricas, como esta: “Y ¿qué? […] ¿estaremos todavía en la triste necesidad de persuadir e inculcar una verdad tan conocida?”. Con esta pregunta, se logran dos cosas, relacionadas ambas con la condición del texto como discurso expuesto oralmente ante una audiencia: captar y/o mantener la atención del público (al establecer una pregunta que genera la necesidad de escuchar la respuesta) y continuar el proceso de exaltación de ánimos (que se viene fraguando con otras estructuras, como las bimembraciones y paralelismos). De hecho, ha de notarse que la pregunta se incluye al final del primer párrafo, a lo largo del cual se ha ido desarrollando poco a poco la exaltación de ánimos a partir del énfasis cada vez más cargado en torno al esfuerzo necesario para alcanzar la luz. De este modo, la pregunta tiene una función más allá del retoricismo: culminar ese proceso in crescendo y, por el tono interrogativo, sembrar una sensación de incredulidad, como preámbulo a lo que se va a decir a continuación y para fomentar una sensación de indignación. Es decir, después de alabar el esfuerzo para conseguir el progreso, la pregunta retórica prepara la indignación ante la respuesta que ofrece el siguiente párrafo: que, por desgracia, sigue habiendo gentes a las que hay que convencer de las bondades del progreso, y que, de hecho, están en contra de ello.
Estos rasgos del texto como discurso apuntan inevitablemente al género del ensayo. *mj13 Aunque la forma moderna del ensayo se remonta al siglo XVII, con los escritos de Bacon y Montaigne, el género está ya implícito en textos muy anteriores, incluso cuando no se usaba el término ensayo. Retrospectivamente, pueden considerarse ensayos, como género literario, los Diálogos de Platón, las cartas y epístolas renacentistas (como las Epístolas familiares de Antonio de Guevara), los sermones (como las Confesiones, de San Agustín) y los discursos de todo tipo, en el marco de la retórica y la oratoria. Desde este punto de vista, hoy en día se leen como ensayos literarios obras de Cicerón, como De Amicitia; a la vez, el De Inventione, también de Cicerón, es una de las bases que permiten estudiar los rasgos retóricos de los discursos ilustrados. Esto es precisamente lo que está en la base del auge y gusto ilustrado por los discursos, y esta oración de Jovellanos entra plenamente de lleno en esta manera de entender el ensayo, así como la retórica y la oratoria dentro del mismo.
De entre las características que señala José Luis Gómez Martínez en su Teoría del ensayo, *mj14 tal vez una de las más importantes sea la voz en primera persona. A diferencia del ensayo científico, el ensayo literario no solo no oculta, sino que hace evidente que se trata de un discurso hecho por el yo y desde la subjetividad. El científico está obligado a argumentar su discurso con pruebas, bibliografía, etc., para mostrar que lo que dice es resultado de un método. Por su parte, el ensayista, en literatura, ofrece una verdad que, sin renunciar a la categoría de verdad, se sabe filtrada por la subjetividad, de modo que el escritor se puede permitir el lujo de saltarse las demostraciones, pruebas, bibliografía, etc. En palabras de Ortega y Gasset, el ensayo es la ciencia menos la prueba explícita. Es más, en un ensayo hay margen para las licencias literarias, e incluso poéticas.
Esto es lo que ocurre en este texto de Jovellanos, en buena medida. Del grado de licencia literaria, ya se ha hablado anteriormente, y tal vez los ejemplos más evidentes sean la pregunta retórica y el símbolo de la luz y las tinieblas. Por lo que se refiere a la voz, no hay duda de que el autor habla en primera persona, incluso con alabanzas a sí mismo. Jovellanos explícitamente se atribuye a sí mismo el mérito del éxito del Instituto de Náutica, como cuando habla de “mi cuidado”. Hay cierto grado de retórica de la modestia. Así, por ejemplo, Jovellanos se rebaja por debajo de su público al decir que “tuve el honor de hablaros”, cuando lo que en realidad esta modestia esconde es que el honor fue de los estudiantes que lo escucharon a él. Esta estrategia no solo está heredada de la retórica clásica, sino que estaba muy extendida en la literatura renacentista, tan admirada por la Ilustración. Recuérdese que fray Luis de León se refirió a sus composiciones poéticas como “obrecillas”, es decir, obras menores, sin importancia, cuando en realidad son uno de los mayores logros de la literatura renacentista en castellano (y él lo sabía). *mj15 Asimismo, hay retórica de la modestia en las ocasiones en que, para ocultar el yo, Jovellanos usa la primera persona del plural, como en: “nuestra conducta” (plural mayestático). Sin embargo, nada de esto esconde el hecho de que lo que resuena siempre en el texto es el yo de Jovellanos; al contrario, la modestia sirve para enfatizarlo, porque queda en evidencia el esfuerzo de ocultación del yo.
En todo caso, es necesario destacar que la argumentación es tremendamente subjetiva, o, cuando menos, no se sustenta en una demostración empírica. Está construida, claro, con herramientas propias del pensamiento racional, como el silogismo. Considérese la estructura si A, entonces B, que se usa en el texto en formato bimembre: si A1, si A2, entonces B: “si algún valor residía en mis palabras, si alguna fuerza les podía inspirar el celo ardiente de vuestro bien que las animaba, tampoco habréis olvidado la tierna solicitud con que las empleé en persuadiros tan provechosa verdad y en exhortaros a abrazarla”. A pesar de que la frase está construida con una lógica perfecta, se basa en una apreciación no fundamentada, porque se dan por ciertas, sin pruebas, las dos premisas de las que parte la ecuación: que en efecto su palabra tiene valor (A1) y que en efecto estas inspiran confianza en el público (A2). Solo aceptando esto, entonces se hace posible la conclusión (B): que el público no ha olvidado lo que dijo el autor anteriormente. Y lo que este dijo fue una petición a aceptar una verdad que se da por sentada, porque no da pruebas sobre ella. *mj16
3. Conclusión *mj17
Como puede verse a partir del comentario de este fragmento, la Oración sobre la necesidad de unir el estudio de la literatura al de las ciencias (1797), de Jovellanos, es una pieza muy representativa de la Ilustración. Aunque, como es propio de la historia de España, es un texto posterior a la Ilustración francesa, refleja algunos de los temas típicos de esa época: la exaltación del progreso, la verdad, la ciencia y la educación, todo lo cual queda recogido en el símbolo de la luz, en oposición a las tinieblas. Asimismo, el texto es representativo del género literario del ensayo, porque supone una aproximación subjetiva, desde el yo y sin la prueba explícita, por tomar las palabras de Ortega. Esto lo hace Jovellanos dentro de la estética de su tiempo, el neoclasicismo, a través de un género como el discurso, heredado de la oratoria y la retórica grecolatinas, así como del Renacimiento. Por último, en el marco del pensamiento racionalista ilustrado y de las técnicas retóricas, el texto muestra recursos estilísticos acordes, como la claridad expositiva y los silogismos.